Desde hace años, se escucha decir que la clase política está devaluada y ciertamente, hay cientos de argumentos que avalan ese pensamiento. Pero como se sabe toda regla siempre tiene su excepción. En marzo pasado, la entonces presidenta chilena Michelle Bachelet entregó el gobierno a su sucesor, habiendo llegado hasta esa instancia con el 84% de popularidad luego de cuatro años de gestión complicadísimos en los que debió capear la crisis financiera y un devastador terremoto que arrasó dos regiones en Chile. Ayer, Luiz Inacio Lula da Silva dejó el gobierno con una aprobación del 87%, el mayor índice obtenido por el mandatario en sus ocho años de gestión.

Posiblemente, el caso de Lula sea más emblemático porque este se convirtió en el primer obrero en llegar a la presidencia de su país. Asumió el gobierno rodeado de esperanzas y también del escepticismo de muchos, especialmente del poder económico y de las naciones poderosas. Triunfó por primera vez en los comicios presidenciales de 2002, tras sufrir tres derrotas consecutivas en las elecciones de 1989, 1994 y 1998: "Perdí porque una parte del pueblo pobre no me tenía confianza", diría luego.

Los logros sociales y económicos catapultaron a Brasil a los primeros planos internacionales y llegó a integrar el Grupo de los Ocho. Combinó programas de asistencia directa a los pobres con políticas salariales y de ampliación del acceso al crédito que lograron achicar el número de pobres. Cerca de 36 millones de brasileños -de los 190 millones de habitantes- ingresaron a la clase media. Al mismo tiempo, más de 28 millones dejaron la pobreza extrema. Según el diario "Folha de Sao Paulo", la política para el salario mínimo, la creación de más empleos y de más puestos de trabajo formales (más de 14 millones en ocho años) hizo mejorar la distribución de la renta y llevó a una reducción de la pobreza inédita. Aseguró la estabilidad monetaria, logró pagar toda la deuda de Brasil con el Fondo Monetario Internacional y acumular reservas por alrededor de 240.000 millones de dólares -que superan el monto de la deuda externa-, además de reducir el peso de la deuda pública en relación con el Producto Interno Bruto del 60% en 2002 a algo más del 40%. Los analistas indican que la estabilidad interna atrajo importantes flujos externos de inversión. Afianzó el papel del Estado en la conducción de la economía con proyectos de desarrollo, la concesión de financiamientos generosos a las inversiones y el incentivo a la formación de grandes grupos transnacionales brasileños. "El absolutismo económico y el fanatismo ciego ignoran los valores morales de la civilización que nos une y nos empuja hacia el futuro. El abismo entre el avance técnico y el desarrollo moral configura uno de los pasivos que nos ha dejado el siglo XX. Hoy en día, hay una peligrosa acumulación de tensión entre la opulencia, que no reparte, y la miseria, que no retrocede. Esta es una de las expresiones más inquietantes del siglo que comienza", dijo.

La erradicación de la pobreza sigue siendo el objetivo: unos 30 millones de brasileños sobreviven con menos de 82 dólares por mes, y casi dos millones de ellos siguen siendo pobres, con ingresos de apenas 41 dólares mensuales.

Lula fue un motor del Mercosur, consciente de que nuestros países deben establecer estrechos vínculos entre ellos -abandonando sus diferencias históricas- y relacionarse con África. Las denuncias por hechos de corrupción y de soborno no mancharon su popularidad. Este sindicalista metalúrgico tuvo la sabiduría de no buscar la reelección indefinida, propia de los que desean atornillarse al poder. En ocho años de gestión demostró al mundo su dimensión como estadista y su pueblo lo ha recompensado con afecto y admiración.